Ciencia y utopía En Marx y la tradición marxista

Autor: Ariel Petruccelli

web13267934_1009862569067873_4070653277108284866_nIntroducción

En sus versiones ortodoxas predominantes, el marxismo se concebía así mismo como “socialismo científico”. Esto entrañaba un excesivo optimismo epistemológico y una falacia. El optimismo epistemológico desmedido reside en la confianza en la capacidad humana para predecir el futuro, hoy desacreditada por buenas razones teóricas y empíricas. La debilidad lógica se funda en la imposibilidad de deducir, a partir de los hechos, una serie de normas, valores o conductas prácticas. La suma de ambos aspectos hace que hoy sean pocos los marxistas (por lo menos en el campo académico) que piensan en términos de “socialismo científico”. El marxismo cientificista ya no está de moda. Sin embargo, el rechazo del cientificismo a veces se confunde con el rechazo de la ciencia per se. Simétricamente, a veces se piensa que la correcta práctica científica implica neutralidad valorativa. Quienes así piensan no tardan en concluir que se debe abandonar la política para hacer buena ciencia, o que deben desentenderse de la ciencia para actuar políticamente, echándose en brazos de nuevos o viejos irracionalismos. Ambas posiciones me parecen equivocadas, por razones que espero queden lo suficientemente claras a lo largo del libro.

Las versiones dominantes del materialismo histórico y del marxismo ortodoxo poseían,  como queda dicho, un tenor indudablemente cientificista y tecnológico, cuya contra-cara era un acentuado despreció por las utopías y por la reflexión ética. El advenimiento del socialismo se suponía garantizado por las “leyes” del desarrollo histórico, cuyo principio motor sería una tendencia universal al crecimiento de las fuerzas productivas. En buena medida, las sucesivas crisis del marxismo se relacionan con la introducción de la contingencia dentro de este esquema sustancialmente determinista. Sin embargo, el grueso de los marxistas se mostró renuente a abandonar por completo la “tesis de la primacía de las fuerzas productivas” (como la llamó Gerald Cohen), sin la cual el socialismo perdía su garantía. Lo que tendió a dominar fue una mezcla ecléctica entre la teoría de las fuerzas productivas (que proporcionaba las garantías últimas) y la teoría de la lucha de clases, que pretendía hacer lugar a la contingencia. Pero no era sencillo conciliar ambas teorías, y ello dio lugar, sobre todo en muchos marxismos militantes, a una escisión inconsistente: por un lado se profesa una fe inclaudicable en la inevitabilidad[1] del socialismo, por el otro se pretende explicar todos los procesos políticos (sobre todo los fracasos) por elementos eminentemente subjetivos: traición de los dirigentes, líneas políticas erróneas, ausencia de dirección revolucionaria.

A medida que la credibilidad de la teoría de las fuerzas productivas iba siendo socavada, la concepción que priorizaba la lucha de clases tendió a cobrar fuerza.[2] Sin embargo, nunca pudo estructurarse como una teoría en sentido estricto, y en tanto que orientación tenía dos grandes defectos. El primero era la pretensión de reducir toda la compleja praxis social a las clases, cuando lo cierto es que ni siquiera todo lo económico puede ser asimilado a las clases sociales (las sociedades de cazadores-recolectores, por caso, poseen economía pero no clases sociales). El segundo defecto consistía en concebir a la lucha de clases como lucha política abierta de grupos autoconscientes y organizados, lo cual dejaba fuera a muchos procesos históricos pero, sobre todo, tendía a accidentalizar el curso histórico.

Con todo, para la gran mayoría de los militantes revolucionarios el socialismo estaba garantizado por las “leyes de la dialéctica histórica”. La contingencia, si había para ella un lugar, actuaba en el corto plazo. En la larga duración deberían imponerse las “necesidades históricas”. En una magistral semblanza autobiográfica Gerald Cohen ha expuesto y evocado vívidamente la fuerza subjetiva de esta doctrina, dominante en el movimiento comunista del siglo XX:[3]

Cuando tenía alrededor de 12 años, conocí a un hombre llamado Tim Buck, que era el secretario general del Partido Comunista canadiense. Quedé deslumbrado cuando le conocí, no porque tuviera una personalidad brillante, sino porque creí que su experto control de las leyes de la historia significaba que él sabía cuándo llegaría a Canadá el socialismo …

Pero aunque pensaba que Tim Buck sabía cuando llegaría el socialismo, no pensaba que él simplemente lo vería llegar –que se las arreglaría para no estar demasiado ocupado el mes en cuestión, de tal forma que tuviera una butaca de primera fila para presenciar la acción revolucionaria–. Por supuesto no pensé eso. Pensé que estaría, y que él pensaba que estaría, en el centro de la lucha.

Así pues, ¿qué papel tendría él  y, de hecho, qué papel tendría la voluntad humana en general y la acción política en particular dado que el advenimiento del socialismo estaba garantizado de antemano? Bueno, piensen en el embarazo. La futura madre puede creer que tendrá a su bebé en una semana o mes concreto, pero eso no significa que no haya que hacerle sitio a una comadrona cuando llegue ese momento. Así, también, el capitalismo está embarazado con el socialismo, pero se necesita de la política adecuada para asegurar su alumbramiento seguro. El marxismo clásico estaba dominado por una concepción obstétrica de la práctica política.[4]

La concepción obstétrica implicaba dos tesis relacionadas pero distintas: a) la inevitabilidad del socialismo; b) que cuando el socialismo fuera planteado como objetivo ya estarían desarrolladas las condiciones que lo hicieran posible, dado que, como afirmara Marx en el famoso Prefacio a la Contribución a la crítica de la economía política:

ninguna formación social desaparece antes que se desarrollen todas las fuerza productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más altas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado en el seno de la propia sociedad antigua. Por eso, la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar.[5]

La credibilidad de esta concepción se encuentra hoy devastada. Un siglo de intentos revolucionarios poco fructuosos y el desastre final del “socialismo real” han mostrado las enormes falencias de la concepción obstétrica de la revolución, y han minado la certeza en las bondades del curso histórico (y en nuestra capacidad para preverlo o dirigirlo). Hoy es más difícil que en el pasado creer en la inevitabilidad del socialismo, y es claramente falso que la humanidad se propone siempre únicamente las tareas que puede realizar. El nuestro es, irremediablemente, un siglo de incertidumbres. O, al menos, un siglo de incertezas para los ciudadanos de la república de la razón: todos aquellos y aquellas que buscan fundar su práctica en un conocimiento riguroso. Los súbditos de las verdades rebeladas podrán seguir confiando, seguramente, en sus pseudo-certezas inmaculadas e infalsables.

Las fortalezas del capitalismo y las debilidades del socialismo nos resultan hoy pasmosamente evidentes. Pero ello no significa que el marxismo se haya derrumbado como guía para comprender lo que sucede en el mundo. No puedo coincidir con Elías Palti cuando sostiene que “si el marxismo se revela inútil como herramienta para controlar y transformar la realidad, lejos de afirmarlo como saber, ello obliga a admitir que toda su teoría estaba errada (afirmar lo contrario equivaldría al caso del médico que informa a los familiares del paciente que la operación fue un éxito completo aunque aquél lamentablemente murió)”.[6] Esta conclusión sólo sería válida si no existiera ninguna diferencia entre conocimiento teórico y acción práctica. Y en cuanto a la analogía médica, no hay razón para invalidar los saberes de un médico que diga a los parientes del enfermo: “podemos diagnosticar la enfermedad, predecir su evolución y en parte calmar sus dolencias; pero de momento no disponemos de cura”. La medicina no queda invalidad porque carezca de remedios para una cantidad enorme de enfermedades (ni la matemática se derrumba por toparse con problemas sin solución). De hecho, las dificultades para pasar del diagnóstico social a la propuesta de soluciones viables es omnipresente en las ciencias sociales, como muy bien reconociera Clifford Geertz: “el tipo de atmósfera moral en la que alguien profesionalmente comprometido con la reflexión acerca de los nuevos Estados se encuentra, con frecuencia no me parece del todo incomparable con aquella del oncólogo, que sólo puede esperar la curación de algunos de sus pacientes y que dedica la mayor parte de su esfuerzo a exponer detalladamente severas patologías ante las que nada puede hacer”.[7] Si este es el panorama general, ¿por qué los Saberes marxistas quedarían dislocados por su incapacidad para realizar el socialismo?

Pero aunque las teorías y saberes marxistas no se hayan derrumbado (aunque en algunos casos hayan recibido fuertes golpes), es obvio que su potencialidad como guía para la acción se ha visto menguada. Y es indudable que si los marxistas abandonamos definitivamente el optimismo epistemológico que entrañaba la concepción obstétrica de la revolución, ello acarrea necesariamente una serie de consecuencias, que sería intelectualmente deshonesto y políticamente irresponsable desconocer. En primer lugar, si el socialismo no puede ser concebido como una necesidad histórica inevitable, ello obliga a justificarlo éticamente, lo cual parecería re-enviarnos al socialismo romántico. En segundo lugar, si asumimos que un orden socialista no surgirá naturalmente de la debacle del capitalismo, y si nos hacemos cargo de la posibilidad (tristemente materializada en el “socialismo real”) de intentos no sólo fallidos sino incluso catastróficos, entonces se impone de manera acuciante una reflexión seria sobre los modelos de socialismo posible, lo cual parecería devolvernos al socialismo utópico. ¿Significa esto que de la actual crisis del marxismo y del descrédito del “socialismo científico” debamos concluir que se impone un regreso al “socialismo utópico”? Si y no. Lo que en este libro intento sugerir, es que es indispensable re-pensar con calma y profundidad los problemas de la ética y la utopía, sin abandonar por ello los de la ciencia. El socialismo de nuestro tiempo debería mantener un compromiso múltiple con la reflexión ética, la imaginación utópica, la rigurosidad científica y la responsabilidad política.

En las páginas que siguen me propongo explorar las complejas, ambiguas y por momentos tensas relaciones entre ciencia, utopía, ética y opciones políticas en Marx y en  parte de la tradición marxista. La obra tiene, creo, cierta lógica y coherencia interna, aunque también podría ser leída como un conglomerado de cuatro ensayos independientes. La comencé a escribir hace más de una década, como parte de un único proyecto intelectual del que ya han visto la luz otros dos libros: Materialismo histórico: interpretaciones y controversias (Buenos Aires, Prometeo, 2010) y El marxismo en la encrucijada (Buenos Aires, Prometeo, 2011). A semejanza del primero (y a diferencia del segundo), contiene fundamentalmente una discusión intra-marxista, aunque aquí poseen un peso mucho mayor  los aspectos exegéticos, en comparación con los atinentes al desarrollo de la teoría. Es más un buceo, por momentos algo perplejo, en las profundidades de ciertas problemáticas, que un intento sistemático por ofrecer una solución a las mismas.

A lo largo de los casi tres lustros en los que, intermitentemente, he estado trabajando en este libro, han sido cuantiosas las deudas intelectuales contraídas. Carlos Astarita, Bruno Galli y Federico Mare han leído en distintos momentos sendos borradores de la obra en su totalidad, ofreciéndome con generosidad, por escrito, un sin fin de críticas, comentarios, aportes y correcciones. Algunos aspectos parciales de la obra he podido discutirlos con diferentes compañeros, como Ezequiel Adamovsky, Omar Acha, Lucas Villasenin y Fernando Lizárraga, a quien debo agradecer, además, la redacción del prólogo. Ninguno de ellos, desde luego, es responsable de los errores que la misma contenga.

Brevemente expuesto, el contenido del libro es el siguiente. El capítulo I discute la actitud de Marx y Engels hacia la utopía, los utopistas y los ideales. El capítulo II aborda las tensiones entre una perspectiva que parece renegar de los ideales y validar las acciones tan sólo en término de su “necesidad histórica”, y una serie de afirmaciones o decisiones políticas que se dan de patadas con ciertas “necesidades históricas”, y que más bien parecen fundarse en principios éticos implícitos. El capítulo III analiza el problema de la ética, los ideales y los criterios de justicia en Marx y en el marxismo. El capítulo IV, finalmente, explora las tensiones entre valores éticos, diagnósticos científicos y opciones políticas tomando como caso de referencia al universo de la Rusia revolucionaria de fines del siglo XIX y principios del siglo XX.

[1]              El socialismo o bien habría de imponerse necesariamente, así sea a la larga, o bien sobrevendría la barbarie (un concepto comodín eternamente indefinido: ¿qué es la barbarie?); la posibilidad de nuevos órdenes sociales relativamente estables quedaba fuera de consideración.

[2]              En Materialismo histórico: interpretaciones y controversias (Buenos Aires, Prometeo, 2010) intenté desarrollar una tercera vía interpretativa dentro de la teoría marxista, que hace eje en las relaciones de producción (antes que en el desarrollo de las fuerzas productivas o en la lucha de clases. Federico Mare, en su artículo “El ‘modelo PRP': hacia una nueva teoría marxista de la historia”, Políticas de la Memoria, Nro. 13, Buenos Aires, verano 2012/13, ha desarrollado una muy buena síntesis y una clara defensa (no exenta sin embargo de ciertos acotados reparos críticos) de los principales contenidos y tesis del libro. Julián Verardi, por el contrario, ha criticado con gran detenimiento esta interpretación en “Forma y contenido en la concepción materialista de la historia”, Sociedades Precapitalistas, vol. 2, Nro. 2, 2013. Mi respuesta sería publicada poco después. Ver Ariel Petruccelli, “La controvertida teoría de la historia de Karl Marx: réplica a Julián Verardi”, Sociedades Precapitalistas, vol. 3, Nro. 1, 2013.

[3]              Ver especialmente G. Cohen, «Política y religión en una infancia comunista y judía en Montreal» y «El desarrollo del socialismo desde la utopía a la ciencia», en Si eres igualitarista, ¿cómo es que eres tan rico?, Barcelona, Paidós, 2001 (2000). En el capítulo «Igualdad», de la misma obra, Cohen evoca con no menos vigor el carácter marginal y carente de autonomía de las reflexiones éticas en el movimiento comunista, dentro del cual la moral era vista como un “puro cuento ideológico”.

[4]              G. Cohen,  Si eres igualitarista, ¿cómo es que eres tan rico?, pp. 63-64.

[5]              K. Marx, Contribución a la crítica de la economía política, Buenos Aires, Estudio, 1975, p. 9. Obsérvese que la primera tesis es por naturaleza especulativa y no falsable: siempre se puede creer (de la revolución o de cualquier acontecimiento) que será inevitable si se le da el  suficiente tiempo; y de cualquiera suceso se puede predicar, luego que haya ocurrido, que era inevitable que sucediera. La segunda tesis, en cambio, posee carácter empírico: pero ha sido ampliamente desmentida por la experiencia histórica. La segunda tesis sería reafirmada por Engels en Del socialismo utópico al socialismo científico, donde escribió: “La creciente percepción de que las instituciones sociales existentes son irrazonables e injustas, que la razón se ha convertido en sinrazón y lo justo en injusto, es sólo una prueba de que en los modos de producción y de intercambio los cambios han ocurrido silenciosamente, de modo que el orden social, adaptado a las condiciones económicas más tempranas, ya no muestra conformidad con ellos. De esto también se deduce que los medios para deshacerse de las incongruencias que han aparecido también deben estar presentes, en una condición más o menos desarrollada, dentro de los modos de producción afectados por ese cambio”. Del arraigo de la concepción obstétrica de la revolución habla elocuentemente el hecho de que también fuera defendida por Rosa Luxemburgo, quien pudo escribir en La revolución rusa: “La Historia … tiene la buena costumbre de producir siempre junto con cualquier necesidad social los medios para su satisfacción, junto con la tarea, simultáneamente la solución”.

[6]              E. Palti, Verdades y saberes del marxismo, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2005, p. 80.

[7]              C. Geertz, Los usos de la diversidad, Barcelona, Paidós, 1996 (1986), p. 48. Si bien el pasaje hace referencia exclusiva a los “nuevos Estados”, Geertz deja muy claro que se trata de dificultades comunes, existentes quizá en menor grado, pero en modo alguno ausentes en otras realidades.

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