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«Lo mataron, estos hijos de puta lo mataron»…

Los gritos desgarradores partían de decenas de gargantas de docentes que habían visto a Carlos con la cabeza ensangrentada en el pavimento de la ruta nacional 22. Otra mañana de la historia de Neuquén en la que un trabajador es asesinado.
Los carros hidrantes avanzaban detrás de un cordón de policías pertrechados para la guerra.
Para la ocasión, el enemigo estaba representado por mujeres y hombres, docentes la mayoría, que estaban reclamando por mejores salarios. Lo hacían con sus únicas armas posibles, sus cuerpos y sus palabras.
No llegaron a cortar la ruta cuando comenzó una brutal ofensiva que el autor de estas líneas, presente en el lugar, no había visto nunca antes desde la recuperación democrática, en 1983.
Fue tal la «salvajada» policial que a muchos nos ganó el miedo por la manera en que la policía disparaba contra los manifestantes que, buscando refugio, retrocedían desde el punto de concentración en Arroyitos hacia Senillosa.
Esa sensación de indefensión que produce el miedo apareció cuando las espaldas quedaron como muros dispuestos para la práctica del tiro al blanco.
Perdí la referencia del remisse a poco de llegar al lugar y un poco a pie, pero más bien corriendo, durante varios kilómetros intentaba relatar y tomar nota de lo que estaba pasando.
Me conmovió ver a docentes correr a campo traviesa perseguidas por policías armados en una acción verdaderamente criminal. A muchos de ellos y ellas los conocía de tantos años de trabajo, de conflictos, de asambleas.
«Qué está pasando, cómo puede suceder esto», me preguntaba cuando el humo ardiente de los gases lacrimógenos y los disparos de balas de goma nos envolvían esa fatídica mañana del 4 de abril de 2007.
A Carlos no lo vi caer. No lo conocía, ni tampoco lo recordaba en su paso por la Uocra en esos años combativos. Pero cuando me explicaron que se lo habían llevado en la ambulancia, el peor presagio nos sumió a muchos. Quedó el asfalto ensangrentado.
Durante esa locura policial, los vehículos de los grupos especiales pasaban a toda velocidad por las banquinas, con policías asomando sus armas amenazantes, encerrando a los manifestantes y a los vehículos.

100Hubo un hecho que registré particularmente, cuando en determinando momento un policía de civil, con camisa clara y corbata, apuntaba, amenazador, hacia quienes nos desplazábamos huyendo de la salvaje represión.
Ese mismo personaje fue el que disparó al cuerpo a docentes indefensas, seguramente para darles una lección de brutalidad, salvajismo e indignidad.
Fue desolador el panorama en Senillosa, donde los manifestantes se concentraron para tomarse un respiro, socializar la información y tomar decisiones.
Me topé con Gustavo Arroyo: permanecía azorado, con los ojos irritados, de pie junto a su auto, el Fiat 147 al que Carlos se había subido. La luneta del auto estaba destruida, había manchas de sangre en la parte posterior y podía verse claramente el proyectil disparado por el policía asesino en el interior del baúl. Es una imagen desgarradora que me conmovió y que en más de una oportunidad ese día me impidió mantener mi garganta firme.
La llegada al hospital no fue menos conmovedora. Era un puñado de docentes los que estaban en el hall central de la planta baja aguardando novedades. Ya se sabía que Carlos no tenía retorno aunque todos eran cautos porque siempre se guarda una luz de esperanza.
«Carlos es un luchador, es un tipo fuerte», «se la banca» decía una joven docente para sí.
Su muerte fue declarada al día siguiente, 5 de abril, en un parte oficial difundido por los médicos del «Castro Rendón» que lo atendieron.
Esa misma tarde-noche, miles de personas rodearon el hospital y marcharon por el centro de la ciudad. Conmovidas, llorosas y con rabia y dolor, se juramentaron que el asesinato de Carlos Fuentealba no debía quedar impune.
El 9 de abril de 2007 se movilizó el país en reclamo de justicia. En Neuquén, más de 25 mil personas coparon las calles en la que fue, para mí, una de las manifestaciones más impresionantes en la historia reciente de la provincia, fue junto a la concentración de Semana Santa de 1987 contra el levantamiento carapintada.
Las repercusiones nacionales e internacionales por el crimen de Carlos alcanzaron una dimensión pocas veces vista en otras circunstancias. Significó un antes y un después para la carrera del entonces gobernador Jorge Sobisch, quien vio sepultado con este crimen su capital político para el resto de su vida.
El cabo primero Darío Poblete fue el ejecutor material de la «orden» de poner en «orden» el estado de cosas.
La responsabilidad política debe ser asumida y la justicia debe actuar en consecuencia pero también hay que tener presente a los sectores empresariales de Neuquén y del turismo que reclamaban «mano dura» a las autoridades para poner fin al conflicto. En esa lógica perversa fue más importante su renta económica que el derecho a la vida.
La represión estatal se cobró una nueva vida bajo el denominador común que quedó expuesto en una de las tantas pancartas utilizadas en las marchas por reclamo de «justicia completa»: «Se sabía, se sabía, a Teresa y a Carlos los mató la policía…»

* del libro Desaparecido en Democracia, editado por EDUCO, la editorial de la Universidad Nacional del Comahue (presentado en mayo de 2013)

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