“Carlos Fuentealba: clase abierta”, de Alejandro Finzi.

Autor: Seba Alegre

156_oAlejandro Finzi (entrevista)

Cuando se hayan cumplido 10 años y un día del asesinato de Carlos Fuentealba, el grupo de teatro Los unos y los Notros estrenará en Junín de los Andes – la tierra de Carlos- la obra teatral “Carlos Fuentealba: clase abierta”, de Alejandro Finzi. El 12 de abril la obra se estrenará en Neuquén Capital, en el espacio TeNeAs. Gracias a los dispositivos electrónicos, Finzi nos regaló una madrugada estas consideraciones sobre su obra para los lectorxs de Viento del Sur.

Suena un timbre. Un hombre traspasa una puerta de doble hoja, generalmente rota por el tiempo, los alumnos o el abandono del estado. Una de esas hojas tiene una pequeña ventana de ojo de buey. El hombre sonríe: el aula parece un barco que leva su ancla cada vez que suena un timbre”
V del S: Ésta bien podría ser -a las apuradas- la didascalia de la última obra de Alejandro Finzi. Pero no. Es la caracterización de un acto que ocurre a diario en miles de aulas. Porque el espacio configurado por la clase, tiene mucho de puesta en escena. Claro que ese hombre que traspasa la puerta no es cualquier docente. Es Carlos Fuentealba. Es el profesor que dió su ultima clase en esa porción de camino cercano a la localidad de Arroyito. Entonces, una primera pregunta de rigor habrá de ser ¿Por qué Carlos Fuentealba?
Alejandro Finzi: Creo que la tragedia, el duelo nacional que trae consigo la muerte de Fuentealba es que él es “cualquier docente”. Cualquier docente que cree que en el aula está el futuro colectivo y que dedica su vida a eso, a esa labor muy difícil, compleja e ingenua. Fuentealba no es diferente, ni especial. Es un muchacho que piensa que en el estudio está la libertad. Y eso lo creen y lo profesan los docentes.Hoy, en nuestro tiempo, en este 2017. Porque de él hablamos en presente, no en pasado.
V del S: Este año se cumplen 10 años del asesinato de Carlos Fuentealba, a manos de un policía y por mandato del poder político, encarnado en el gobernador Jorge Sobisch. Hace justo 100 años, tres policías asesinaban -por orden del gobernador Elordi- al periodista Abel Chaneton, sobre quien Usted también escribió una obra, fechada en 1993. Le cito un fragmento de su obra Chaneton:
En el territorio se cierran escuelas (…) un gobernador falta gravemente a sus deberes, cambia suños de porvenir por ocultamiento (…) ¿Dónde está la investigación, Juez?”
¿Es el teatro de Alejandro Finzi una posibilidad de desmentir ese relato de la neuquinidad -del progreso, de ese “compromiso humilde y mestizo” configurado en ese tiempo que va desde el asesinato de Chaneton al de Fuentealba?
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Alejandro Finzi: Creo que el teatro, lo escribí hace mucho, es la manera que tiene la historia humana de tomar conciencia de sí misma. Creo también que el teatro tiene la capacidad de implicarnos en la memoria colectiva. Sé que esta convicción que tengo y a la que dedico mi oficio no tiene, tal vez, demasiados adherentes en la teatralidad de nuestro tiempo. En la Patagonia hay una serie histórica luctuosa que asocia Zainuco, con la tragedia santacruceña, con la masacre de Trelew, con el genocidio de Roca, con las muertes que enlutan sistemáticamente nuestro sur después de 1983. El teatro debe apropiarse de esos hechos y convertir el silencio cómplice en grito, en conciencia
V del S: Se lee en Chaneton “Nunca nunca más los territorios, la Patagonia, conocerá este horror (la masacre de Zainuco): ¿qué ha de construirse, entonces, sobre esta vergüenza, sobre este duelo colectivo?” Después de Cheneton, despues de Carlos Fuentealba, ¿a quién -y cómo- toca responder a esa pregunta? ¿Cómo se pone en escena la vergüenza y el duelo colectivo?
Alejandro Finzi: Lo que busco ofrecer a la escena es un relato sencillo, accesible, busco la simpatía y el humor ( el diálogo de un bichito de luz y Agustín Tosco; el encuentro de la bandurria Carola y del profesor Carlos Fuentealba). ¿Por qué? Porque mis primeros destinatarios con los que sueño son los jóvenes. Y trabajo por eso en una obra que tenga tanto una dimensión escénica como literaria. Esa es mi búsqueda de toda la vida.
V del S: Una cita de Rousseau que Usted ha elegido como epígrafe a la edición de su obra de 2009 “Grieta de Luna o Aventuras en la Isla 132”:
“ El primer hombre que habiendo cercado un terreno dijo ‘esto es mío’ y encontró gente tan simple, como para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil. Cuántos crímenes, guerras, muertes, miserias y horrores habría podido ahorrar al género humano aquel que, arrancando las estacas de la cerca hubiese, gritado a sus semejantes: ‘¡no escuchen a este impostor!: están perdidos si olvidan que los frutos son de todos y la tierra no pertenece a nadie’”
A esta cita surge la siguiente reflexión: el cemento es el refuerzo discursivo que tiene el impostor, pues disfraza su latrocinio con la máscara del progreso. El cemento facilita los negocios y entierra la memoria. Chaneton y Elordi tienen sus nombres en la ciudad… Habrá quien intente -con mucha resistencia- ponerle el nombre de Sobisch a una porción de cemento. Quisiéramos ponerle -con resistencia del poder- el nombre de Carlos Fuentalba a una calle. ¿Qué hacer para que la memoria no muera ahogada por el cemento y la tristeza? ¿En qué frente de esa batalla contra el Olvido se ven usted y su escritura?
Alejandro Finzi: El arte, la escritura, la dramaturgia en mi caso, también es territorio de una lucha, de una pelea, ¿no? Cuando en vísperas de la fuga Tosco se encuentra con Saturnino, el bicho de luz, mi personaje comparte esta reflexión: “¿En qué consiste la libertad? ¿De qué materia está hecha? ¿Nacés libre? ¿La libertad te la entrega la vida en el momento en que llegás al mundo? ¿Una tarde de frío, por Coronel Moldes? Tendría que ser así y nunca fue así: Nadie te regala la libertad. La libertad se gana.”
Y en este camino ando, desde los tiempos en que en la Biblioteca Pública de Nancy, en 1982, escribí “Viejos Hospitales” Mi personaje, esa mujer que va de madrugada al hospital para sacar un número para que le atiendan su bebé enfermo, sigue esperando y el teatro , entonces, creo, debe multiplicar sus dispositivos para que haya una conciencia colectiva de situaciones tan aberrantes.

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