CAMPERA VIOLETA

5 minutos y reprimimos;

… repitió el mono con pertrecho (Perdonen, monitos, no se me ocurre otra imagen). Y no sé si la relatividad o el mono relojero, pero no pasó ni un minuto cuando una mano se infiltró entre las piernas y abandonó en el corrillo algo que echaba humo y no precisamente de sahumerio. Era una mano, sin brazo ni cuerpo, ni entidad de persona; en fin, una mano de milico.

Gas lacrimógeno, y empezó la dispersión.

Nos replegamos sin resistencia. Lo habíamos planeado así. Había una escuela cercana, y una estación de YPF como alternativas de refugio dado el caso. A la hora de las escaramuzas, como si se hubiera abolido, la escuela no estaba. A nuestras espaldas, solo la estación y la larga ruta para regresar hacia Neuquén. Desde esa perspectiva Neuquén era una Utopía. Detrás de la YPF, y entre la ruta 22 y el Limay el monte tupido y espinoso. Jarillas, Chañar, Alpatacos. Alpatacos. Alpatacos.

Algunas compañeras y compañeros decidieron refugiarse en la estación de servicio. Pensaron que allí no irían a disparar.

Pero nooo, mejor no hablar de ciertas cosas…

El resto creyó que la ruta era más segura y volvimos marchando.

Los disparos iban por ramalazos. Los refugiados en la estación de YPF descubrieron lo provisorio de toda certeza cuando se está en las miras de los esbirros y escaparon hacia los matorrales. Jarillas, Chañar, Alpatacos. Alpatacos… Les quedaba eso o seguir hasta la orilla del río y atravesarlo. Los sabuesos armados seguían aullando detrás. Cualquiera parecido con Queimada era Queimada.

A los que veníamos por la ruta, se nos tiraba más desparramadito.

Lentamente la columna de los matorrales fue integrándose a la masa rutera. Parecían perseguidos por el ku klux klan abandonando cañaverales incendiados. Volvimos a reconstituirnos en una comunidad andariega y en repliegue.

Hacia Senillosa, con los sicarios de Sobisch (¡este tipo!; uno quisiera creer en dios solo para echarle en jeta la creación de semejante bazofia) en nuestras espaldas.

Marcha lenta. La ruta se hacía estrecha con los ómnibus y 4×4 detenidos en la banquina, y por la columna de nuestros móviles que subían al asfalto; los demás a pie.

De repente… desde la retaguardia nuevamente gases; cartuchos describiendo trayectorias parabólicas.

El mensaje era claro: no venimos a impedir un corte, venimos a escarmentarlas, maestritas…

Y se dispersaba la columna, algunas subían a los autos para guarecerse de la lluvia ácida, otras/otros se escondían detrás, o corrían de nuevo hacia los matorrales. Alpatacos. Alpatacos. Y hacía los matorrales disparaban.

Era el coto de caza de esa feligresía devota de las imbecilidades convertidas en frases hechas: ya no hay vocación, etc, etc; y en esa cacería éramos una presa fácil y semi móvil.

Después un receso y otra vez la andanada…

Sobre nuestros pescuezos la horda. Sentíamos sus alientos, sus odios, su celoso cumplimiento a la orden del amo. Volvían los disparos, por elevación, hacia el frente, hacia atrás, hacia los costados y el desquicio nos hacía plantear las preguntas: ¿quieren que nos detengamos, que nos concentremos, que nos dispersemos, o que simplemente reventemos?

Ahora la respuesta es obvia.

Y en esa tanda de disparos y quietud, literalmente sobre la marcha, se fue organizando el repliegue. Los autos con las puertas abiertas para subir cuando arreciaran los disparos. Disparaban, subíamos; amainaban, bajábamos y vuelta a caminar.

Y en una u otra de las arremetidas feroces alguien me gritó;

Paragua, paragua, subite acá.

Los cartuchos zumbaban sobre nuestras cabezas y la nebulosa de gas pimienta se expandía. No había tiempo para la quisquillosidad de mirar feo a nadie ni de responder;

¿¡A quién mierda llamás paragua!?

El paragua, paragua subite era un imperativo y lo acaté.

Provenía desde el interior de un 147 blanco. El portón trasero abierto. Adentro una madeja entreverada de compañeros, unos 4. Conmigo 5. Zambullí entre cabezas y piernas, y en el revoltijo apenas pude reconocer las pelusas de la barba del compañero Lafón. Los demás eran partes de cuerpos entreverados en esa orgía improvisada. Salvo la cabeza totémica del de Campera Violeta que seguía dirigiendo la retirada desde su atalaya ambulatoria, gritando al de la camioneta roja para que subiera a unas compañeras rezagadas, puteando con nombre y apellido a un abogado devenido dirigente político (seguramente dijo, y acertadamente, ¡Burócrata!), porque en su flamante auto de vidrios polarizados quedaba espacio.

Y ahí, ateridos en ese pequeño receptáculo, mirábamos las parábolas blancas que seguían trazando los cartuchos lacrimógenos, los viboreos al ras del suelo que se trenzaban entre las piernas de los que aún no lograban subir… y las balas de goma que barrían la media altura.

Todo era corrida desaforada y gritos. La ofensiva era por tierra, aire y cielo. ¡Qué ningún juez, fiscal, o cualquier cerdito adobado con coima, cargo y buen salario para que piense como un chancho (perdón, hermanos porcinos, ando escaso de imágenes) me diga que Poblete fue un loquito que se salió del libreto! ¡Poblete fue el mejor actor de ese teatro del terror! El Herr Direktor movía a sus personajes desde un celular, mientras el público de empresarios y soretes masivos aplaudían entusiasmados la escena (Tomá Cámara de Comercio, tomá Cámara de Turismo y de Hotelería… y demás los eunucos mentales de los derechos de uno terminan donde empiezan…bla, bla, bla.)

En la 147. Nuestro espacio era una trampa. Cualquier cartucho que cayera sobre la luneta implicaría un principio de asfixia. Por eso, apenas mermó la carga de la infame infantería, decidimos salir y continuar caminando, salvo Campera Violeta que se mantuvo en su puesto.

De repente otra arremetida.

Diferente.

Desde atrás, sobrepasándonos por un costado, una columna de camionetas y de sicarios se adelantó para meterse en el medio de nuestra columna cortándola en dos. Quedé en la de atrás. Y los ataques siguieron hacia los que quedaron adelante.

La confusión era tal que no se entendía la lógica de las bestias. Lógica y bestia es un oxímoron. Quizá nos aislaban para detenernos y llevarnos de botín de guerra para solaz de las buenas conciencias que pedían el escarmiento. ¡Liberen las rutas…! ¡Derecho de tránsito…!

Pero lo extraño fue que todo cesó de repente. La columna lateral detenida, el cordón de milicos que nos dividió en dos, también. Un silencio en el mundo donde sólo resonaba el aturdimiento de nuestros tímpanos. Hasta me pareció que empezaba nuestra contraofensiva. Algunos sicarios se refugiaron en las traffics mientras el cordón de avanzada resistía la retro-embestida de un grupo de maestras y maestros que gritaban, escupían, y…

Vi y festejé la bofetada de una maestra a un milico. Eso fue fehaciente. ¡Qué cosa más bella y musical! Perón, vos no entendiste nada, la más maravishosa música es esa. Nada como la jeta de un milico para hacer percusión.

De lo que dudo, porque me parece más una expresión de deseo que otra cosa, es de la veracidad de un gargajo grumoso chorreando por la cara de un comisario. Si no fue, debería de serlo, y de ahora en más, lo es. Pero al no ver la reacción ni del abofeteado ni del gargajeado empecé a sentir algo extraño.

Principio de horror.

Y empezó a sonar una palabra maldita. Traspasé la línea de los sicarios y volví al frente, me sumé con otros al cordón de puteadas sin entender aún qué había sucedido.

Una compañera seguía gritando;

¡Asesinos!, ¡Asesinos!

… y fue como si mis oídos se destaparan a ese grito que hasta hoy resuena.

Y me volví para mirar a mis espaldas.  

A cierta distancia, en el suelo, el de la Campera Violeta…

¿¡Cómo mierda hago de ahora en más para decir que no me gusta que me llamen Paragua!?

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