Bosquejo de historia de ATEN: los orígenes.

Autor: Ariel Petruccelli

 

Marcha Plottier neuquen 2

En un país como la Argentina moderna, el paso por la escuela y las marcas que ello deja constituyen prácticamente una experiencia universal. Ricos y pobres, jujeños y porteños, varones y mujeres, todos pasan por las aulas. Lo que allí encuentran, lo que allí consiguen, el tiempo que permanecen, las valoraciones que hacen, obviamente difieren. Pero la experiencia en sí, breve y trunca o prolongada y coronada con un título, forma parte del patrimonio de casi la totalidad de la población nacional. Acaso sea por ello que la sentencia que reza “lo que pica en la sociedad se rasca en la escuela” no puede ser puesta en duda por nadie, sea cual sea los intereses que defienda o la ideología que guíe su vida. Derecha e izquierda, conservadores y revolucionarios, todos coinciden en que la educación es fundamental: allí está el futuro, allí están nuestros hijos. Pero las escuelas y, con ellas, esos personajes que les son inherentes, las maestras y los maestros, las profesoras y los profesores, no son siempre los mismos, ni han sido siempre vistos de la misma manera. En las últimas décadas se han producido modificaciones sustanciales en el sistema educativo, en las relaciones entre el Estado y las escuelas y entre éstas y la sociedad, así como en la composición y la identidad de los estudiantes y, por supuesto, de los docentes y del personal auxiliar que trabaja en las escuelas.
Estas páginas tratan sobre ellos: los trabajadores de la educación. Y ya el empleo de esta simple y aparentemente objetiva y anodina denominación, trabajadores de la educación, nos remite a cambios sociales y laborales, a disputas identitarias, a sordas batallas político-ideológicas. Porque la evolución de quienes desempeñan sus tareas en las escuelas bien puede ser definida como el tránsito de “apóstoles” a “trabajadores de la educación”. Situaciones, una y otra, mucho más ricas y más complejas que las simples ideas de que antes las maestras era una especie de santas carentes de necesidades o de vida propia; y que ahora los docentes no tienen vocación.
La concepción de la docencia como un “apostolado” es de vieja data. Su origen se remonta al siglo XIX y a los escritos de Sarmiento. Esta concepción ha tenido dos condiciones de posibilidad fundamentales. La primera es de carácter simbólico -ideológico si se quiere-; tiene que ver con las funciones y las potencialidades que se le atribuían a la educación. Para Sarmiento, básicamente, ella era vehículo por excelencia de la civilización: las maestras eran concebidas como evangelizadoras laicas al servicio de una Diosa terrenal: la civilización. De más está decir que esta concepción caló hondo en las auto representaciones docentes. La segunda condición a la que hacíamos referencia tiene un carácter más material: se trata de las condiciones sociales de quienes se desempeñan como educadores. Hasta hace unas décadas, el magisterio solía ser una ocupación de clase media, abrumadoramente femenina. Lo usual era que el salario docente no fuera más que el complemento de los “verdaderos” ingresos familiares, provenientes de actividades masculinas rara vez asalariadas: comerciantes, pequeños propietarios o productores, profesionales liberales, esos solían ser los maridos y padres de las maestras y las profesoras. Esta situación ha cambiado sustancialmente de un tiempo a esta parte. Aunque la docencia no ha perdido su impronta femenina, las proporciones relativas de varones y mujeres se han alterado. Pero sobre todo, el empleo docente ha dejado de ser una fuente complementaria de ingresos familiares. En la mayoría de los casos constituye la principal fuente de sustento. La maestra cabeza de familia es hoy en día una figura típica. Paralelamente, la expansión absoluta y relativa de la escolaridad (primaria y secundaria) ha determinado un incremento concomitante de los puestos laborales en la docencia: el porcentaje de trabajadores de la educación en relación al conjunto de la población nacional se ha incrementado sostenidamente. Estos cambios económico-sociales constituyen la base material de las modificaciones simbólicas que harían entrar en crisis el imaginario del “apostolado”, y abrirían las puertas a la identidad de los “trabajadores de la educación”.
Si tradicionalmente los educadores fungieron como bastiones ideológicos del Estado nación, del pensamiento liberal y liberal-conservador, y de los valores de las clases dominantes (no en vano eran ellos los que enseñaban los mitos de la historia oficial, de la argentinidad, así como reproducían las prácticas “higienistas”), en las últimas décadas su perfil ha cambiado. Se han convertido en un poderoso eje aglutinador de la protesta social y en una fuerza impugnadora de las políticas (educativas y no sólo educativas) de los gobiernos neoliberales. Ahora la maestra hace huelga, se moviliza, protesta. En algunos lugares ha llegado más lejos. Neuquén es uno de esos lugares y ATEN, la organización sindical a la que están dedicadas estas páginas, el sindicatos del magisterio que más ha radicalizado el nuevo perfil de los educadores combativos, haciendo emerger una figura disruptiva: la maestra piquetera.

El autor a reeditado recientemente Docentes y Piqueteros (De la huelga de aten a la pueblada de Cutral Có) Ediciones con doble Z. 2015.

leer nota completa

ATEN_34años

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>