ASPECTOS INDISOLUBLES DEL ACTO DE “PROSAR”.

Autor: Sebastián Alegre/Gonza Starota

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    Ante la lógica binaria de ciertas concepciones que se aplican no solo a las ciencias exactas, sino también a algunas cuestiones artísticas y políticas, queda la formulación de paradojas permanentes como acto posible de rebeldía. Esta entrevista no busca respuestas: busca poder exponer una forma lectura de El Superpalo, novela de Humberto Bas.

Esta pequeña reseña acompaña y precede a una extensa e intensa entrevista a Humberto Bas. El referente de esta reseña es su novela El Superpalo. Afortunadamente, ese referente se diluye por una imposibilidad señalada por el autor mismo: “me resulta imposible contar una novela que leí. Más que contar me dan ganas de abrazar entre otras cosas; pero los abrazos siempre se malinterpretan, y ni hablar de las otras cosas.” Y creo que coincido con esa imposibilidad señalada por Bas. Reseñar niega a la novela misma. En fin, si no podemos reseñar la obra –me digo en este mismo instante- reseñemos, entonces el proceso de “composición”. Pues bien, este autor que tan gentilmente nos ha abierto la puerta de su casa, al tiempo nos ha cerrado en la cara –con uno de esos portazos que son más bien un regalo, que dicen, “muchachos, acá no entren porque no hay nada”- la puerta de esa posibilidad de reseña: “Quizás por eso, un autor, en este caso yo, es el menos indicado para hablar sobre su proceso de escritura, ya que todo lo que puede contar sobre el proceso es otra ficción.”Superpalo

Como lector único e irrepetible tampoco puedo decir mucho. Le juro, eso sí, querido receptor de este artículo que pude “sentir” esa novela. Entonces le puedo contar una pequeña anécdota, aunque sabemos que eso no es la obra en sí: llevaba yo unas cuantas páginas, casi todas le diría. En esas páginas pude advertir un registro que me habilitaba a leer el texto en clave de una suerte de Realismo Mágico: la fundación de un poblado con una inscripción mítica; una realidad con ribetes maravillosos; personajes cuyo signo es la superstición. En cierto momento de la lectura, alguien asiste –asombrado- a una –no se ría de mi ingenuidad- “lluvia de vacas”. Me dije: mi clave de lectura es acertada. Pero el narrador me hizo callar de un bife: “Algunos todavía creen en Macondo (…) Lo que había ocurrido tenía una explicación cabal y realista; de un realismo sintético más acorde con los fundamentos de la mecánica newtoniana que al esoterismo mágico de algún peregrino fabulador” (El Superpalo, pag. 212). Advertí, entonces que el texto no negaba la posibilidad de lo mágico con una intención de hacer prevalecer el discurso de las ciencias exactas. Lo que prevalece es algo más celebrable: el cinismo. La irrupción de un registro cínico es siempre una buena noticia literaria, por el arte que supone “componer” ese registro.

Lector – tranquilo y bucólico (perdón por este vicio baudelaireano)-, lo invito a leer la entrevista que sigue y le recomiendo la lectura de El Superpalo. Cuando lo lea tal vez llegue a sentir ganas de abrazar, que es mejor que querer contar una obra.  

Humberto

Primera cuestión ¿De qué manera una escritura sin plan permite recuperar un costado de la lengua que no busca el qué nombrar sino el cómo se debe nombrar? Se puede pensar en claves de lo siguiente: una pulsión erótica –en el sentido de fuerza generadora- que está ubicada en el acto y que  recupera el placer del hacer.

Bueno, primero habrá que ver si la escritura que mencionás logra algo y en particular, recuperar ese costado de la lengua que busca el cómo nombrar. Suponiendo que sí, ya que lo dice un lector, vos en este caso, y no el autor, queda pensar la cuestión de la dicotomía entre el qué y el cómo y también, la cuestión del plan. Para mi es una falsa disyuntiva, una dicotomía que se plantea más bien en el ámbito de los modos o hábitos de lectura que en el ámbito de la prosa; el qué y el cómo nombrar son para mí aspectos indisolubles del acto de prosar…Creo que hay formas hegemónicas de escrituras y de lecturas que generan hábitos y para ese hábito aparecen ciertas prosas como transparentes que transportan sin más a las cosas, a los hechos o a las anécdotas; pero creo que eso es posible porque previamente se instaló en cada lector/a un dispositivo mecanizado de lectura donde la prosa desaparece, surge la anécdota como un hecho límpido y despojado de sus atavíos verbales… Para ese hábito de lectura, el lenguaje es una carga… De ahí que cuando en una escritura aparece el relieve del lenguaje, genera incomodidad, pero no creo que sea porque esa escritura tenga un plan específico de generar incomodidad, sino que es una escritura que se resiste a seguir con el plan rutinario a que estamos acostumbrados muchos… Cuando en una charla mencioné que no tenía un plan, me refería a un plan argumentativo, en el sentido de una historia definida con anterioridad a su escritura; y eso sucede simplemente  porque no puedo concebir una historia sin lenguaje… pensar que existe una historia, anécdota o argumento para ser contado y que la operación consiste en encontrar las palabras adecuadas para contarla es una abstracción idealista; como si se pudieran disociar historia y lenguaje… ¿Si lo que sucede no es presente, y hay algo que se quiere contar y no tiene lenguaje o no está en el lenguaje, en donde está; sobre qué estructura se sostiene a la espera de las palabras que la moldee? En todo caso hay protohistorias concebidas en un lenguaje borroso y de manera incipiente esperando, no otros lenguajes, sino otro estado autoral, quizá a la espera de esa pulsión erótica que mencionás, ya que el acto de composición, o el proceso de escritura es un proceso de entrega en el sentido de evadirse de un mundo para ingresar a otro; un cambio de formas de la alienación. Quizá por eso, un autor, en este caso yo, es el menos indicado para hablar sobre su proceso de escritura, ya que todo lo que puede contar sobre el proceso es otra ficción. Creo que cuando se escribe uno no se está viendo escribir. A lo sumo se tendrá una mirada periférica de su acto a partir del cual compondrá una escena de escritura….

Con un "viejo" amigo en la presentación de Superpalo.

Con un “viejo” amigo en la presentación de Superpalo.

Segunda cuestión: En la paradoja hay una voluntad de denuncia ante la falta de resolución de un problema o ante la insuficiencia de los dispositivos humanos de resolución. En varios episodios de El Superpalo -con gesto irónico- se plantea una crítica al lenguaje como generador de realidades al tiempo que se manifiestan las “capacidades mágicas del nominar”. Si el lenguaje es insuficiente para nombrar una realidad patente, ¿cómo se confía el autor en un “artificio” que es capaz de ser concebido omnipotente e impotente al mismo tiempo?

Si en El Superpalo se plantea alguna crítica, sea al lenguaje como generador de realidad o a cualquier otra cosa, es colateral o en todo caso, ajena a la voluntad mía… No digo que en la novela no haya crítica, sino que la crítica no forma parte de la voluntad autoral. Un autor solo puede dar testimonio de sus intenciones, pero no del resultado, y desde las intenciones: si se impone la voluntad de la crítica, creo que se condena a la novela, o a cualquier obra, a un función propedéutica, es decir, ser trasmisora de un mensaje. En ese caso ya no hablaríamos de algo artístico sino de un recurso pedagógico. Y francamente estoy lejos de abrevar en las aguas del llamado “compromiso literario”. Sin embargo es cierto que hay pasajes con críticas, pero esos pasajes no tienen una función crítica, sino que la forma crítica es un elemento de la novela que seguramente se relaciona con otros elementos; la carga semántica de la crítica cede su lugar a la carga estética; si entra ahí no es por lo que dice sino por cómo se dice, lo que nos devuelve a tu pregunta inicial.. Respecto al lenguaje como” artificio”, no concibo al lenguaje como dado, ni omnipotente ni impotente. No creo que el lenguaje lo pueda todo, pero tampoco que sin lenguaje se pueda nada… Si lo Real es, según los “franchutes” de moda, aquello que no se puede nombrar, lo cierto es que tampoco podemos andar sin andar nombrando. Entre esas dos fatalidades nos movemos y supongo que en esas ascuas surge el fenómeno del lenguaje; incesante y continuamente; es decir, la posibilidad de un nosotros.

Humberto en la presentación de Superpalo/Neuquén 8 de abril de 2010.

Humberto en la presentación de Superpalo/Neuquén 8 de abril de 2010.

Tercera cuestión: En oportunidad de una conversación, usted planteó la angustia ante la obra incompleta. Si se tiene en cuenta el proceso de revisiones constantes que hace respecto a su obra, se puede decir que cada versión es al tiempo una versión definitiva que se inscribe, sin embargo, en la posibilidad de lo inconcluso. ¿Cómo salda esta paradoja –si es que la hay- sin que el resultado sea la angustia ante lo perpetuamente inacabado?

La angustia de la obra incompleta…, también la podemos llamar neurosis. Se me ocurre seguir con la metáfora de la pasional. Nadie coge (iba a decir  “hacer el amor”, pero suena choto) pensando que la cogida definitiva es la próxima. Al menos si se pretende ser honesto en el acto. Y lo presiento más o menos así. La mirada retrospectiva es la que nos dice que se pudo haber estado mejor. Por ahí algunas contorsiones más atrevidas hubieran dado un toque más de lujuria; y entonces se vuelve a un tentar para poner ese toque. El ser perfectible dilata el acabar. Por eso resultan terribles los interruptus… para la forma de escritura pasional, salir del tema es todo un tema y volver a entrar, también. El clima es todo. Y acá termina la analogía. No sé cómo explicar ese saldar la paradoja. ¿Qué pasa cuando se decide publicar? ¿Cómo se toma esa decisión?…La verdad que no se qué resorte interno se satura y dice basta; algo que te dice que las posibilidades ya han sido exploradas y que por esa zona ya no queda mucho más. Supongo que es algo así.

Humberto

Cuarta cuestión: El lector principiante –aquel que recién ingresa a la obra- siente una tentación de inscribir el paisaje de la novela en un molde genérico: una realidad que puede leerse en clave de una mirada mágica. Sin embargo, luego de afirmar “hay quienes todavía creen en Macondo”, opone al realismo mágico –ese artificio que habilitó una mirada a veces infantil y despojada de cierta racionalidad de nuestra literatura- a un realismo sintético. La pregunta es ¿cómo se definiría esa bofetada onettiana de la que hemos podido conversar en “aquella” oportunidad.

¿Bofetada onettiana?, ojalá… Ese “hay quienes todavía creen en macondo” fue expresado por el narrador, o narradora… Supongo que el narrador lo dijo porque en su vorágine laboral, de contar lo que sucede y hacer decir lo que decían los personajes, ese narrador o narradora también dialogaba con las y los posibles lectores; sería como una voz narradora con una conciencia bifronte; un paranoico/a que no solo mira el interior de la novela, sino también la exterioridad y cuida sus espaldas de las posibles lecturas e interpretaciones. Supongo que lo que está diciendo es: no lean así; que haya una lluvia de vacas no es realismo mágico, es pura mecánica newtoniana. Adivina, pareciera hacia dónde va la conciencia del lector y le dice, por ahí no, quizá de ahí viene esa sensación de cachetazo.

¿Cuál es la relación que hay entre la lectura y la escritura? Ciertas escrituras nos cambian, o a veces inventan un lector, y ciertas formas de leer modifican la escritura. En tu caso, entonces, ¿Cuáles fueron las mutuas deformaciones que sufrieron ambas a lo largo del tiempo y -dentro de esa relación-, qué papel cumple la reescritura? ¿La llamarías corregir? ¿Qué entendés por estilo? En El Superpalo hay todo un arco de tonos y matices -épicos, paródico -que, junto con esos diferentes registros, el narrador se contorsiona en diferentes guiños, señas que imprimen al texto algo así como velocidades diferenciadas de lectura, para mi allí hay una marca -o macula-, mancha propia del Superpalo.

Uh…. por dónde empezar… Que hay relación entre escritura y lectura, hay, pero no se cuál… Cualquiera sea la relación, ella no es linean ni mecánica; ser buen lector no te convierte en buen escritor. Tampoco a la inversa. Aunque., ¿qué es ser buen escritor o escritora? Con este tema nos metemos en terreno muy espinoso. En mi caso, soy muy lector, pero muy mal lector, al menos para los cánones tradicionales de la lectura… No recuerdo tramas, nombres de personajes, situaciones, no soy muy analistas de las peculiaridades de la cosa que leo; sin embargo soy un lector muy absorbente; absorbo aires, tonos, climas, timbres; todos esos registros sutiles o inefables muy difíciles de nominar. Me resulta imposible contar una novela que leí. Más que contar me dan ganas de abrazar entre otras cosas; pero los abrazos siempre se malinterpretan, y ni hablar de las otras cosas. Quizá por eso, más que de escribir, prefiero hablar de componer. No siempre leí de la misma forma. De joven algunas lecturas incidieron para tener el deseo de componer lo que fuera. Una vez tomada la decisión, las lecturas fueron más bien habilitaciones para tomar riesgos. En mi experiencia personal, leer a Pynchon, por ejemplo, fue como descubrir que en la literatura se podía absolutamente todo…, para mí fue como la legalización de la voracidad por la totalidad. Incidió esa lectura en comprender que la cuestión es, además de animarse, encontrar el cómo. Y el estilo ha de ser eso, la búsqueda del cómo personal.

Amigos ilustres en la presentación de SuperPalo.

Amigos ilustres en la presentación de SuperPalo.

Fotografías: tomadas el día de la presentación del Superpalo en la ciudad de Neuquén ( 8 de abril de 2010 en el teatro La Conrado cultural)

 

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