Alejandro Finzi.

No se va cualquiera. Se va el zorro de Exupéry, la pulga Moliere, el bravo animal de las letras que puso a Shakespeare a gritar dentro del anfiteatro que unxs pibxs de este siglo le destaparon dos veces al neoliberalismo. Ese se va.

Sobre su impronta y tamaño en el mundo del arte se escribirá mucho, y hay algo grandioso y justo en ello, porque -como dijo mi amigo Bernardo- «se va el más humilde de los gigantes que ha caminado estas calles». Así era Alejandro. Probablemente no alcancen los homenajes que vendrán para dimensionar quien fue en vida Finzi.

A mí, en este momento de tristeza absoluta, me gustaría compartir por aquí algo que no se bien lo que es, pero estoy seguro de que es otra cosa distinta a un homenaje de un comunicador a un referente mayúsculo de su sociedad. Me gustaría saludar con todo mi pvjv (mi espíritu) comprometido en el acto a quien me tomaba como un amigo, pero yo lo sentía como un padre. Un padre en una sociedad desastrosa y egoísta es meramente un jefe, un patriarca encaramado en la escalera. En el Mundo Finzi, un padre es un amigo amoroso, un ser que espera que brilles, o al menos que sonrías satisfecho por saber quien sos y qué es lo que querés. Alejandro hacía eso: era padre a lo Finzi.

Estoy convencido de algo: termino de escribir esto y hago un fuego en el patio, beso el cielo y abro los brazos por esa persona que marcó mi vida hasta el último momento de su paso por esta tierra. Tres días antes de internarse estaba reclamándome que le mande los primeros apuntes de un artículo que quería que yo presente para saludar la obra de Ferlinghetti. Siempre quería que unx hiciera cosas importantes, fundamentales. Muchas de las cosas que son hoy constitutivas de mi manera de ver y pensar el mundo, se las debo. Un buen padre te da esas cosas, por eso digo esto, lo del padre, y el que se va es un padre.

Alejandro tenía el don de hacer el bien cuando sentía amor por otra persona. Le sobraba amor y compromiso. Para todo, para su familia, para sus amigxs, para sus alumnxs («odio esa palabra, por lo que significa, pero no encuentro otra para reemplazarla», decía) No hay muchas personas en el camino con semejante ampltud para contagiar vida.

Por todo esto hoy -aunque seamos personas más o menos entrenadas en el arte de las partidas- no nos sale otra cosa que saludar a Alejandro con mucho amor, pero con esta tristeza enorme.

Cualquiera que piense dos segundos y haga la cuenta de que nadie lo va a ver más a Alejandro subiendo por la Entre Ríos, con ese andar finzeano, con esa camisa cuadrillé, con su eterno portafolio escolar de cuero (hoy patrimonio cultural de la humanidad) sabe que hoy es un día bravo y conmovedor, porque se ha ido el gigante. Lo que flota en el ambiente es tristeza pura, y es inconmensurable.

Luego está todo lo demás, sí, sí: el análisis humano de la ley natural de la vida, la parte lógica del ser, el ciclo y su enseñanza. Que se yo… todo lo que quieras… sí… pero hoy todo eso parece una parrafada del Racine más solemne; porque hoy lo que invade es la certeza de que Alejandro se nos fue, la certeza de que no habrá más chances de cruzarse con él, con su vitalidad empecinada. Esta sensación existencial y acuciante dice con certeza muchas cosas tan profundas que él -no caben dudas- se reiría con una de sus estruendosas carcajadas.

Cada quien tendrá desde hoy su Alejandro Finzi que le falte. Esta es la única verdad hoy. Yo miro por la ventana y lloro, porque sé que -a partir de hoy- de ningún corner aparecerá su voz por un pasillo, como si fuera el viento de la barda, para decir medio a los gritos y con su mejor sonrisa de Puck: «Escúcheme Fernando, ¿usted cuando piensa terminar la carrera, que se piensa… que hay diez vidas dentro de una vida? «Gracias Alejandro por todo lo que deja en nostrxs. Lo vamos a extrañar tanto, pero tanto tanto. Este mundo no es el mismo sin usted, sépalo.

Se va un padre, un compañero, un Macduff total, Bresler en el caballo, Chaneton con alas, el sueño del Limay hecho tipo. Se va usted querido Alejandro, usted.

escribe Fernando Barraza 

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