A diez años de la declaración de Jorge Julio López en el juicio a Miguel Etchecolatz.

Autor: En el cielo nos vemos.

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Cuando le tocó sentarse ante los jueces, no sólo contó cómo habían sido asesinados sus compañeros de la Unidad Básica de Los Hornos y describió a la perfección cómo eran los campos clandestinos de detención por los que pasó durante 160 días, entre el 27 de octubre de 1976 y el 4 de abril de 1977, cuando fue legalizado y trasladado a la Unidad 9, donde estuvo 812 días, hasta el 25 de junio de 1979, sino que se reivindicó como un ser político. Para su familia, fue un balde de agua fría. Ruben se quedó pasmado.
Una de las querellas y el fiscal participaron de la ronda final de preguntas.
—Relátenos las conversaciones que tuvo con Patricia Dell’Orto.
—Cuando la tiran a Patricia, me dice: “López, no me falles si salís. El único que puede salir de nosotros sos vos”. Me dice: “Andá, buscalos a mi papá, a mi mamá, mis parientes, mi hermano, y deciles… dale un beso a mi hija de mi parte” —contó, con lágrimas en los ojos.
—Tranquilícese, si usted quiere que interrumpamos…
—No. Sigo.
—Tómese su tiempo. No tenemos ningún apuro. ¿Quiere un vaso de agua?
—Dame un poquito —tomó el vaso temblando y dijo: —Eso es lo que me dolió a mí…
—¿Está bien? —Cada vez que me hablan de eso me enloquezco.
—Señor López, ¿usted qué era en aquel momento, cuando fue ilegalmente detenido?
—Y… yo cooperaba con los Montoneros, yo se lo digo derecho, yo no (sic) me saco la venda de los ojos. Yo cooperaba con ellos porque eran los únicos valientes que le hicieron frente a los 240 mil tipos, entre ellos policías, soldados, marinos, prefectura, gendarmería, que cooperaban 88 todos. Fueron los únicos seis mil tipos que salieron a la calle. Y con orgullo se lo digo, con orgullo. Y si no, júzguenme. Con orgullo, porque fueron unos cuantos pibes que salieron a defender a la gente. ¿Sabe desde cuándo conozco a Patricia Dell’Orto? Desde antes que entrara a la Universidad. Y al marido, y a otros muchos muchachos, que también cayeron, y otros que se salvaron. Algunos dispararon del país.
—Mi pregunta era si los conocía de antemano.
—Sí. Los conocía de la Unidad Básica del barrio, 68 entre 142 y 143. El marido no sé si andaba en algo, pero ella nunca agarró un arma. ¿Sabe qué hacía Patricia? Como otras chicas, se dedicaban a cuidar chicos, a darles de comer. Y cuando nadie las apoyó, que se quedaron, iban con los chicos de la Universidad, toda la JP. Iban a pie o en bicicleta, sin tomar el micro para ahorrarse unos pesitos y llevarles algo a los chicos.
—Bueno, ahora vaya a descansar. Muy amable, señor López.
—Todas las preguntas y cooperación que necesiten, un servidor.
—Muchísimas gracias, señor López. La sala estalló en un aplauso cuando López se paró para retirarse. Miró al auditorio y levantó la mano saludando a alguien, probablemente a sus hijos. En la sala contigua a la audiencia, el médico de la municipalidad lo demoró cinco minutos, le tomó la presión y le dio un vaso de agua.
Rufino se apuró a salir y fue el primero en abrazarlo:
—Me van a matar, pero yo soy peronista y a estos hijos de puta me los llevo conmigo —le dijo.
Ruben, Gustavo y Hugo llegaron luego. Los hijos de López estaban consternados. Lo abrazaban. Ruben permanecía estupefacto.
—¡Qué viejo tenés! —lo saludó Rufino.
—Yo siempre decía: “Callate, viejo loco” —reconoció.

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