A Carlos Fuentealba

Autor: María Beatriz Jouve

arroyito 4 de abril 2015

No fue, no es,  ni será un ángel.

No fue, no es, ni será un superhéroe.

Simplemente fue, es y será un docente, un profe, un maestro.

El maestro de la mirada profunda. El del corazón que abraza: a sus hijas, a su compañera, a sus alumnos y alumnas, a sus cumpas del gremio, a los de la vida, a los de la militancia.

El maestro que fue un estudiante obrero. El que hacía el profesorado a la noche, porque durante el día trabajaba. Que conocía la lucha porque todas las mañanas había que pelearle las horas al sueño para llegar a las clases puntualmente y  con las lecturas realizadas.

El que supo ser parte de otro gremio, y defender sus derechos frente a gobiernos, patrones y burocracias.

El que comprendía los pesares de sus alumnos, porque no venía de otro mundo.

El maestro que sabía que la lucha era en las calles, pero que también se libraba todos los días, entre campana y campana, en las aulas.

 

Una cabeza lúgubre  no titubea y  manda. Unas manos asesinas ejecutan a sangre fría.  Una granada estalla. La sangre de Carlos se derrama.

Que no haya maestro ni maestra sobre la faz de estas tierras que se atreva a  olvidarlo. Que la memoria no se corte. Que una y otra vez les contemos a los chicos que asesinaron al maestro Carlos.

Que nuestras gargantas no se cierren.

Que nuestros gritos retumben por todos lados. Porque lo han matado. Y los seguirán matando mientras  la justicia  no sea completa.

 

Yo no sé si a Carlos Fuentealba le habrán crecido alas. Pero si sé que su imagen sobrevuela, desde aquel cuatro de abril,  cada marcha, cada huelga, cada plaza.

Será por eso que muchos sentimos que el día del maestro es hoy.

El cuatro de abril es el día de los maestros que luchan en las aulas y en las calles.

De los que se niegan a cerrar el círculo de la reproducción de las injusticias. De los que se atreven a disputar profecías  anticipadas que vaticinan muertes jóvenes en nuestros  barrios.

De los que se enamoran de la vida, y por eso la defienden aún ante el zumbido de las balas.

 

Ocho años han pasado.

Desde este teclado,  juro homenajearlo año a año. Contar esta historia una y mil veces. Buscar y elegir las mejores palabras para escribirle mis versos. Leer en voz alta. Fuerte y claro.

Ocho años han pasado desde que mataron al maestro.

Carlos Fuentealba, presente. Ahora y siempre.

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