4 de abril: nueve años después.

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No tengo palabras nuevas, pero necesito volver a contar la historia de Carlos Fuentealba.
Porque tienen derecho a saberla todos los chicos y las chicas de las escuelas.
Y también sus madres, sus abuelas y sus tías. Las comadres del barrio, las trabajadoras de las fábricas.
Deben conocerla los padres, los abuelos y los padrinos. Los obreros y los estudiantes.
Las maestras más antiguas, y también las jubiladas, deben contársela a las recién salidas del profesorado.
Para que todos sepan.
Para que todos recuerden.
Para que nadie olvide.
Porque hace ya nueve años que a Fuentealba lo mataron.

No tengo palabras nuevas. Pero obstinadamente, insisto.
Carlos Fuentealba fue un docente que tenía sueños, una compañera de vida y dos hijas a las que amaban.
Fue un maestro sensible y comprometido al que sus alumnos habían elegido el profe del año.
Fue un trabajador, que con mucho esfuerzo estudió en el profesorado.
Fue un militante convencido que defendió la democracia sindical, por eso cumplió dignamente la resolución que votó su asamblea y cortó la ruta al lado de sus compañeros neuquinos.
Fue un docente al que mataron cobardemente mientras luchaba por defender el salario y la escuela pública.
Lo asesinaron arrojándole una granda sobre su cabeza lúcida e inteligente.
Detrás de la mano criminal hubo un gobernador, un gobierno, un estado que formularon la orden.
La justicia no fue completa, porque los responsables intelectuales están libres: los jueces cerraron impunemente la causa.

Pero así como no hubo justicia completa, no habrá impunidad completa mientras nuestra memoria siga encendida y nuestra lucha continúe.
Porque no habrá juez ni gobierno que impida nuestro recuerdo.
Porque aunque cierren la causa, SU CAUSA no se cierra.
Sigue abierta, intacta.
Entre pancartas reaparece en Santiago del Estero, en Santa Cruz, en Tierra del Fuego, en Santa Fe, en Salta. De norte a sur; y de este a oeste.
Reaparece en cada escuela cuando enseñamos con pasión, cuando en los patios logramos hacer andar los micrófonos pronunciando su nombre, cuando inventamos nuevas formas para nombrarlo y envolver su ausencia tan dolorosa.

Este cuatro de abril, en guardapolvos y con tizas blancas convertiremos cada pared en una pizarra, y a cada plaza en un aula. Con letra imprenta mayúscula volveremos a escribir: LAS TIZAS NO SE MANCHAN DE SANGRE.
En huelga, y de pie, gritaremos todos, una vez más, bien claro y fuerte
Carlos Fuentealba, Presente. Ahora y siempre.

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