Cada año las conmemoraciones del último golpe de estado se cargan de nuevos sentidos. A veces la agenda del presente impregna con contundencia los modos de la evocación de ese pasado doloroso, otras de manera menos perceptible.  Aún en su claro sentido de repudio a lo ocurrido, el 24 de marzo sigue siendo una fecha polisémica, donde según los actores sociales y políticos que enuncian el pasado, el presente es tamizado a través de su trama.

De eso se trata la memoria, de un intenso trabajo de disputa por construir significados sobre el pasado a la luz del presente y de cara al futuro.

Para la Comisión Provincial por la Memoria (CPM) esta ha sido una de las cuestiones que ha vertebrado toda su acción. El deber de memoria  no como un trabajo de repetición anquilosada de lo que pasó sino un esfuerzo de poner al pasado como un gran inquisidor del presente.

Podríamos apostar a una memoria tranquilizadora, que nos indica que todo pasado fue peor, pues ciertamente la dictadura cívico-militar ejerció una violencia sobre la sociedad con una intensidad extrema.  Pero no es sólo por eso que su recuerdo sigue vivo, es decir, por la honda herida que aún no cierra, sino porque en determinados hechos del presente el pasado se re-presenta.

Qué no son sino esas imágenes que se impregnan en la retina de los compañeros del Comité contra la Tortura de la CPM en sus incasables inspecciones a las cárceles bonaerense. Qué no es sino ese dolor frente a la desaparición de Luciano Arruga y cada pibe que es asesinado por la policía. Qué no es sino ese silencio de la justicia frente a la desaparición de Jorge Julio López. Qué no es sino esa miseria que aún campea en nuestro país, y que es producto de la brecha social abierta por las políticas neoliberales aplicadas sin descanso desde 1975 hasta principios del 2000. Y podríamos seguir enumerando esas imágenes de un presente que evoca,  a través del ejercicio de una voluntad de significar, ese pasado que no pasa.

Aún así, lejos de lo que suele decirse, en este ir y venir del pasado al presente las comparaciones no son odiosas, y así como la experiencia histórica nos advierte su presencia aquí y ahora,  podemos reconocer los avances que en los últimos años se ha hecho no sólo en materia de derechos humanos sino en la mejora general del bienestar de la sociedad.  Las cientos de condenas a los genocidas es un acto de reparación como ningún otro, así como las identificaciones de los cuerpos de los desaparecidos y  la restitución de la identidad a los jóvenes apropiados por los represores cuando eran niños.  Aunque aún padecemos una brecha social demasiado ancha, las políticas económicas y de inclusión han ido disminuyendo las tasas de desocupación y la pobreza.

Sin embargo, cuando pensamos que todo está mejor, que la historia va escribiendo otro futuro, con más justicia e igualdad, ahí está el pasado recordándonos todo lo que falta, visibilizando lo que aún permanece oculto o fuera del campo visual preponderante.

No se trata de ejercer el pesimismo histórico, sino todo lo contrario, de seguir manteniendo viva una utopía que sigue instando a la acción, al compromiso y a pensar que hay otros, que son nosotros, aún ausentes en el estado de derecho y en los logros conseguidos en tantos años de democracia.

Por eso en esta nueva conmemoración del 24 de marzo, Día Nacional de la Memoria, la CPM decidió hacer su acto frente al ex destacamento policial, donde fue visto con vida por última vez  Luciano Arruga, un joven como tantos otros de nuestro país, víctima de la pobreza y de la violencia del estado que le cercenó la vida. Un acto que transforme una vez más la memoria de los 30000 desaparecidos en esa voz que exprese toda la fuerza de sus vidas, de sus anhelos y de sus luchas, en nuestra terca voluntad de terminar con las injusticias.

Sandra Raggio: Directora General De Promoción y transmisión  de la memoria/Comisión Provincial por la Memoria

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