10 años

Autor: GRISEL NICOLAU.

griselgrisel_Grise_gri17553605_10206447623629119_8066009683971942623_nTengo el office abierto, estoy haciendo mi último trabajo del primer año de la maestría en teatro.

Afuera llueve, despacito… por momentos es sólo una garúa.

Tengo las piernas cruzadas, el estómago hecho un puño, las mandíbulas apretadas. Respiro hondo. Se avecina una tormenta interior de gran magnitud.

Me mantuve reacia a participar de cualquier intervención artística sobre el tema, ante las numerosas invitaciones que me han llegado me sobreviene la mudez y la parálisis. Me encontraron de casualidad y una vez encontrada no pude negarme, hoy me llegaron estas fotos con las consigna de publicarlas.

Mientras tecleo se relaja mi mandíbula, solo un poco.

La memoria, selectiva, subjetiva, caprichosa va hacia atrás. 10 años para atrás.

Dos lágrimas independentistas asoman, voy a darle pelea a la tormenta.

Tecleo. El conflicto venía para largo, otra vez, como ahora, como tantas veces ¿Cuándo diablos en mi tierra querida habrá una política educativa como en Finlandia? Había decidido no ir al corte, la clara conciencia de la desigualdad de fuerzas me había hecho optar por quedarme en casa. A últimas horas de la noche del 3 de abril no puede con mi cuerpo y avise que participaría. A primeras horas de la mañana nos reunimos en Entre Ríos y Alderete, la esquina de la cárcel con la que era y seguirá siendo (muy a su pesar) mi hermana del alma. Vereda descascarada si las hay. Para ella era su primer corte. Desde acá en adelante sólo encuentro en los archivos descuajeringados de la memoria imágenes, pequeños recorte de videos, sensaciones. La primera es estar caminando sobre la ruta, los dirigentes en el lugar establecido para el corte, ahí a 20 metros. Docentes con reposeras, las telas rayadas de las reposeras. La brigada con sus trajes sobrehumanos (¿no habrán ido a la escuela? ¿qué clase de docentes tuvieron?)

Un vecino prendió la moladora. Tiempo de cortes. El sonido de la lluvia sobre la chapa se incrementa.

Llega a mis oídos lejos, muy lejos las voces que dicen –Nos retiramos. Y los disparos. Corridas, gritos, autos y colectivos con las puertas abiertas, el fiat. El cemento se mueve rápido bajo mis pies ¿o soy yo la que se mueve? El alma que se me pierde y solo puedo pensar ¿dónde estás? ¿dónde estás? ¿dónde estás? Una estación de servicio. A está altura ya no hay telas a rayas coloridas a mi alrededor, solo cuerpos sudando temor, ojos llenos de interrogantes. De ahí Senillosa, calle de tierra, más cuerpos, otros o los mismos, no sabría decir. La miseria humana queriendo morder su pedazo en la historia.

Ceso el sonido de las chapas, justo en este instante, se oye la ruta y el agua que levantan los vehículos al pasar.

Tecleo. Pregunto. Sigo preguntando por mi alma que aún no la encuentro. De ahí, entre todo este revoltijo de memoria desmemoriada vienen a mi encuentro la vigilia sobre la calle Buenos Aires, esperando alguna noticia sobre la vida o sobre la muerte. El tiempo dilatado, estirado, saliéndose de los relojes, tantos ojos, tantos cuerpos cercanos. La confirmación que fue de muerte. La plaza, las marchas, los abrazos… no podemos dejar de abrazarnos, como si de esos abrazos dependiera nuestro estado vertical. La mirada desviada de los policías que se cruzaban con mi guardapolvo a cuadros.

Mierda. Van a ser 10 años y no deja de doler.

Afuera la lluvia volvió a arremeter.

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